Aquel turismo de antaño (I)

Por L.C.

 

Turismo de ayer, turismo de hoy

          Era el Pirlápolis de 1937. El de las calles todavía de balastro. El de apenas una década y monedas de vida del Argentino Hotel y el de la juventud vigorosa del Hotel Pirlápolis. El que guardaba aún huellas frescas del paso del gran pionero Don Francisco Piria en todas y cada una de sus obras, a esas alturas del siglo en plena adolescencia.


          El cerro Pan de Azúcar con su cruz, comenzaba sus maratónicas subidas con algún que otro turista que se perdía en la inmensidad de sus senderos. Y allá iba algún baqueano diligente a tratar de encontrarlo, siempre con éxito. Era la parte final de la travesía en el trencito, que luego de recorrer la Rambla con sus vagones abiertos, enfilaba en dirección al Pan de Azúcar, entre el bullicio de sus ruedas y el silbato del maquinista que le ponía un toque de fantasía en los túneles de piedra. Y subiendo parte del cerro, era un verdadero espectáculo mirar hacia abajo desde el tren en marcha: la Fuente Venus con su toque europeo y su serenidad al pie de la concurrida fuente del Toro, paseo obligado por lo pintoresco y lo accesible aún a piernas con más de medio siglo de trajinar.


          El cerro San Antonio estaba, en aquellos tiempos, sin el camino asfaltado que hoy y desde hace muchos años lo rodea y permite llegar a la cumbre sin sacar la segunda. Era otro de los paseos que se hacían a pie en grandes caravanas. La gente con cierta edad o solitarios y en pareja los jóvenes.


          Eran tiempos en que para el Este se extendía la calzada nada más que hasta Punta Fría (donde hoy comienza San Francisco), playa que se conocía con el mismo nombre de aquella y que se temía por la bravura de sus aguas. Y hacia el Oeste terminaba ahí nomás, en la Avda. Artigas. Más allá algún tímido camino de balasto, siempre tapado de arena, que no impidió que en la década aquella del treinta se construyera el Parador El Vigía, precursor del luego construido Hotel Playa Grande por allá por 1945.


          Quien escribe esta nota vivió su niñez y adolescencia por esos lares. Pero hoy quiero referirme a la hotelería en esos tiempos, donde el pasajero tenía un acercamiento muy fraterno, al menos en varios casos que conocimos de cerca.

          Fue allá por 1937 donde me recuerdo corriendo entre el mar de piques de eucaliptus que sostenían la amplia terraza hacia la playa. Aquella que a nivel de la calle cobijó el amplio salón y bar del hotel que se estaba construyendo. Era uno de los tantos hoteles que nacían en esa época. Esa parte dio terminación a la construcción, que unos cuantos años después fue siendo modificada y destinada a otras actividades comerciales y de arrendamiento. Corría 1937, 1938, 1939, principios de la década del 40. Época gloriosa de la vieja hotelería. Aquella de hospedaje con pensión completa, alojamiento, desayuno, almuerzo y cena incluidos. Almuerzo entre las 13 y las 15 hr. cena de 20:30 a 22:30. Las damas bajaban coquetamente vestidas ya que luego iban al casino o a bailar y esperaban la apertura del comedor con verdaderas tertulias en el hall que aunaban la amistad entre los propios pasajeros.

 

Aun recuerdo las familias Argentinas que venían por 15 días y no se querían ir.


- Sabe, Don Luis, se nos acabó la plata y nos tenemos que volver. Si no seguíamos...

- Y bueno, quédense, y cuando puedan, ya en Bs. As. me mandan la diferencia. Sin apuro.

 

          Y así pasaban hasta 7 días más en vacaciones que se repetían año tras año, con reservas para Enero concertadas en Setiembre, no sea cosa que no hubiera lugar.


          Tiempos que el hotelero recorría el comedor concertando con cada mesa la actividad o el paseo de cada uno, según lo que ya hubieran visitado. Tiempos en que un familiar hotelero contrato dos ómnibus confortables para llevar a 65 pasajeros a Portezuelo. Aquél paraje sonaba en esos tiempos como lugar de imprescindible visita y que muchos querían conocer. En la ocasión este empresario cargó hasta los cocineros y se almorzó en la playa, volviendo en la tarde. Solamente quedaron en el hotel 7 pasajeros que no quisieron ir porque ya conocían el lugar. Tiempos en que 2 veces por semana se hacían espectáculos de magia, de baile, de música. Recuerdo un tirador de cuchillos que hacía el número con su esposa y con el que se discutió media hora para que, en vez, utilizara un muñeco. No fue fácil convencerlo.

          Eran otros tiempos en hotelería. Quizá muchos empresarios del turismo de hoy mantengan una atención personalizada hacia el turista. Todo lo que se haga en ese sentido es poco. Basta con pensar como nos gustaría ser tratados cuando somos el pasajero... Hoy, con casi 75 años a cuestas y con cierta nostalgia, es fácil recordar algunas cosas del pasado en ese maravilloso balneario que es Piriápolis... y les prometemos más.

 

ir a parte (II)

 




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