Aquel turismo de antaño (II) |
Por L.C.
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Habiamos esbozado en nuestra primer nota algunos aspectos del turismo de los años finales de la década del 30 y principios del 40 del siglo pasado. Y hablamos algo del viejo trencito que subía raudo la ladera del cerro Pan de Azúcar en uno de los paseos tradicionales de entonces. Podríamos agregar que a su vuelta, la vieja locomotora a vapor reposaba a los pies del cerro San Antonio, en un galpón frente al puerto, donde hoy estan los puestos de venta y el local de Buque Bus.
En la Rambla los carritos tirados por chivos paseaban los niños y las señoras de edad rememoraban sus tiempos juveniles al mando de un muy cuidado sulky de alquiler, por la módica suma de $ 1.50 la hora. Claro está, con un dólar parejito con el peso.
Eran los tiempos del aceite de coco, terrible rival del olor a mar. Por cierto que siempre ganaba el olor a aceite de coco. No había tantos filtros para el sol y el coco cumplía lo mejor que podía con ese cometido. Maridos diligentes, novios aguerridos y hermanos desganados se encargaban de deslizar, por las espaldas y los hombros de cuanta bañista hubiera, los beneficios del aceite, pese a que la capa de ozono por esos tiempos era un lujo. Aún así, al cabo de pocos días muchos turistas parecían trasplantados de la edad del bronce.
También estaban los días en que había tormenta o viento fuerte para espantar a los bañistas. Alli el mar golpeaba fuerte el murallón de la Rambla. Eran los tiempos en que cualquier marejada dejaba la playa sin arena, para deleite de todos nosotros que, cuando la calma volvía y mostraba la desnudez de las piedras, en pantalón corto buscábamos monedas y pequeñas joyas en el pedregal que hay debajo, a pocos centímetros. Por eso, para evitar que la tormenta nos robara la playa, posteriormente se hicieron los espigones de concreto que se incrustan en el mar como costillas y evitan el arrastre de arena hacia adentro.
Las temporadas de entonces se matizaban con toda clase de eventos deportivos. Carreras en la playa para menores y jóvenes. Carreras de mayores en la Rambla. Carreras de natación para todas las categorías, aún las de Salvavidas. Carreras de sortijas en la arena. Un poco más adelante en el tiempo, se construyó una pista de automovilismo detrás del cerro San Antonio, aunque lamentablemente no tuvo una gran actividad.
Un poco más al norte de la actual escuela, se hacían unas domas de potros que eran de película. Y ni que hablar de los bailes, que esos tiempos eran de rigurosa orquesta. En el Argentino Hotel, en el Pabellón de las Rosas. Para dar un ejemplo, en la década del 40, el Parador El Vígia en Playa Grande, organizaba bailes con una orquesta compuesta por 8 integrantes que tocaba principalmente música brasileña. Estos bailes se mantuvieron todo el verano. De noche, era un verdadero espectáculo ver la caravana de focos de autos viniendo de Piriápolis por el camino mitad arenal.
Y ya que nos referíamos más arriba al Cerro Pan de Azúcar, debemos recordar como culminación obligada, la subida a los brazos de la cruz, por dentro, ya que existe una escalera de caracol que lo permite. En días de viento era impresionante sentir el pequeño balanceo de esta mole de cemento. Lamentablemente en la actualidad no es posible vivir esa experiencia hasta que la cruz sea restaurada. Según algunos desde allí con buen tiempo se divisan paisajes de Punta del Este, cosa que nosotros no pudimos comprobar las veces que lo intentamos.
Punta Zolezzi (en las inmediaciones de Playa Grande), Punta Colorada y Punta Negra, Playa de Plada (por ahí donde hoy está Playa Hermosa) y otros eran lugares de donde se escuchaba hablar pero no era fácil llegar.
La Cascada (en la Avda. Artigas), la Iglesia nunca terminada del pueblito Obrero, la Virgen de los Pescadores siempre mirando el mar desde su altura en el cerro San Antonio, la Fuente del Toro apenas iniciando la subida al cerro homónimo, la Fuente Venus con su toque helénico, los cerros Pan de Azúcar y San Antonio, la vieja bodega y el castillo de Piria (hoy remozado), los almuerzos junto a las olas en las mesitas en las rocas de Punta Fria, los sábados de cine en el Hotel Select, la pesca de lisas al robador con el agua hasta el pecho, algún que otro Guazuvirá cazado furtivamente luego de una larga noche de espera... Otros tantos recuerdos de mi Piriápolis de 1940. Tan lejano y tan presente.
Comentarios a la columna |
| Cecilia |
| Me gustó mucho esta columna, pues los recuerdos lindos de la niñez creo son uno de los mejores tesoros del alma, ya que es en esa etapa de la vida donde uno disfruta plenamente, pues tiene la inocencia de esa edad. Además, las vivencias de los más grandes siempre son lindas de escuchar (o leer en este caso), qué importante es tener ese tiempo para escuchar a nuestros padres o abuelos, hoy que es tan difícil encontrar un tiempo de reunión en familia. Espero seguir contando con las vivencias de L.C. en este espacio, aquí tiene una lectora que esperará la nueva columna para ir conociendo ese Uruguay de los años 40. Hasta la próxima |
| Laura |
| Presentan en el texto muy buenos recuerdos, y que estoy de acuerdo con Cecilia, son cosas muy importantes para recordar, principalmente de la niñez |
| Pablo |
| Muy buenas las historias, quizás me podría decir si conoció el hipódromo, del qué saqué en estos días fotos de sus ruinas |
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