... Y me fuí para el Este

Por L.C.

 

Turismo de ayer, turismo de hoy

         ...Y me fui para el Este. Pan de Azúcar nos vió pasar raudos a sus pies y en la preciosa rotonda enfilamos hacia la ciudad, eterna compañera de Piriápolis desde sus primeros tiempos. Las estribaciones de la Sierra de Carapé que se bañan en pleno océano allí por Punta Ballena, nos mostraban entre brumas sus sombras lejanas en ese día a pleno sol sobre el mar. El km. 110 y el Abra de Perdomo nos llevaron de vuelta al pasado, al viejo ferrocarril y al motocar (coche motor) posterior, en la voz del inspector que iba adelantando las paradas. La ruta 9 se bifurcó a la altura de San Carlos y la excelente carretera al este que termina allá por el Chuy brasileño nos llevó directamente a la Paloma. A lo lejos los tanques de José Ignacio nos arrastran la vista hacia el mar que espera nuestra llegada para mostrársenos, ese día de un verde caribeño, inusual en un océano preferentemente azul intenso.

         La entrada tradicional a La Paloma nuevamente rescatada luego de un montón de años soslayada al viajero que llega, refresca entre la arboleda a los amantes del camping, vaso en mano junto al tradicional asadito. En riguroso short y torso desnudo. Naturaleza pura con oxígeno al tope. Llegando al centro, la Av. Solari con su hermoso cantero arbolado al medio, cobija gran parte del movimiento comercial.

        Después de un achicharrado día de playa, unos mejillones al ajo y perejil (Provenzal) y una brótola a la salsa verde con una cerveza bien fresquita te pone de vuelta en carrera. Tenés varios restaurantes en pleno centro prestos a ese cometido. Para elegir playa, no hay problemas: si la querés con buen oleaje para el deporte náutico, por ahí en Solari, desde las piedras planas y a lo largo de la costa oeste, podés desenfundar tu tabla de surf. Si querés playa y pesca al mismo tiempo, arrancá para las Llanas o para la Balconada y te sacás el gusto. Si querés soledad, agarrá la costanera, seguí por La Serena hasta donde te deje la arena del camino y ahí desembarcá. Seguro estarás solo. Si no te gusta que las olas te golpeen y preferís la calma, allí nomás a dos cuadras del centro tenés la playa (que muchos llaman La Palangana) frente a la islita, a cubierto incluso de los vientos si los hay. Si tenés niños, la mejor es El Cabito, totalmente rodeada de rocas y que no permite ningún oleaje. Y si sos pescador de fuste, te vas a la escollera que se incrusta en el mar y que en días de tormenta u oleaje es un espectáculo ver. Para los pescadores hay de sobra. Desde la costa según los días, ceba en mano, podés regocijarte con un buen pique de pejerrey (caña de flor o currica) o con reel podés probar suerte con la corvina. Te puedo asegurar que hasta las damas pescan. Lo sé por experiencia familiar. La carnada está a tu disposición cuando la quieras, en la arena o las rocas: el tradicional mejillón que no falla nunca.

        En la playa de Los Botes, podés enganchar alguna barca de pesca llegando y llevarte algún pescado aún coleando. Si no tenés esa suerte porque están en el mar, allí mismo disfrutas de una playa tranquila y y de excelente arena. Y para meditar a tu espalda el Cristo del Lucho, que fue pescador en sus tiempos, te acompaña silencioso... Si el calor te agobia allí mismo el aperitivo está al alcance de tu mano.

        Los atardeceres reúnen a jóvenes y no tanto, en las orillas desde donde se puede observar la caída del sol, y allí se espera la lenta, rojiza y brillante despedida del mayor protagonista por estos lares. Y su partida, hasta el último pequeño vestigio, despierta cientos de aplausos tintados de nostalgia. Y el paisaje cambia a tonos tenues entre azules y violáceos.


        No te digo nada, si estás en luna llena y la ves salir. No te olvidás más lo inmensa que es y su blancura en un cielo algo oscurecido. En cuanto baja el sol, comienza a funcionar el faro, con sus rayos intermitentes y de variada intensidad. Porque como buen cabo que es, el Cabo Santa María tiene su Faro sobre la costa, al que le han incorporado un reloj de arena con su sombra, según dicen, el mas alto del mundo. De tarde y antes de comenzar su funcionamiento permiten visitarlo y por su escalera de caracol podés acceder hasta el foco y su pequeño balcón alrededor. Todo un espectáculo que si vas a La Paloma no podés perder.

         Si la arena sobre la carretera te lo permite, la visita a la Laguna de Rocha es obligada. Por ser una zona de cuidado ecológico, las especies que la habitan por cientos viven en su ambiente natural y tranquilas. También hay algo de pesca y es el habitat natural del camarón, cuya zafra nocturna a la luz de los faroles genera a algunos lugareños cierta actividad laboral y a los visitantes un espectáculo distinto.

        Y si agarrás para el este, casi al llegar a Costa Azul tenés una subidita que es un hermoso mirador de ballenas, cuando las hay. Y si no, el horizonte abierto al sur te compensa. Todavía capaz que la embocás en el tiempo y el lugar y al lado tuyo pasa radiante un elefante marino y se aposenta por varios días sobre la ruta a dormir al sol y descansar. Tal vez creas que está muriendo pero no, cansado de la rutina marítima y de las heridas que a veces les propinan otras especies, vienen a curarse al lado de los humanos. Y un día se va tranquilo, dejando sus huellas marcadas en la arena y los pastizales.

         Y al llegar la noche, si no te derrumbó el aire, guitarreada por acá o en los balnearios vecinos, o unas fichas en el Casino del Hotel Santa María o simplemente escudriñar desde la costa el cielo limpio y sublime, a esperar que el sol te achicharre de nuevo cuando amanezca. 

 


 

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